Homilía de Ratzinger al iniciar el Cónclave
Extracto.
"[...] Cuántas doctrinas hemos conocido en estas últimas décadas, cuantas corrientes ideológicas, cuantos modos de pensar... La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido no raramente agitada por estas olas- botada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo y así en adelante. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza cuanto dice San Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a arrastrar hacia el error (cf Ef 4, 14). Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, viene constantemente etiquetado como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir el dejarse llevar “de aquí hacia allá por cualquier tipo de doctrina”, aparece como la única aproximación a la altura de los tiempos hodiernos. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última media solo el propio yo y sus ganas.
Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Es Él la medida del verdadero humanismo. “Adulta” no es la fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es la fe profundamente radicada en la amistad con Cristo. Es esta amistad que nos abre a todo aquello que es bueno y nos dona el criterio para discernir entre el verdadero y el falso, entre engaño y verdad. Esta fe adulta es la que debemos madurar, a esta fe debemos guiar el rebaño de Cristo. Y es esta fe- solo la fe- que crea unidad y se realiza en la caridad. San Pablo nos ofrece a este propósito- en contraste con las continuas peripecias de aquellos que son como niños llevados a la deriva por las olas- una bella palabra: hacer la verdad en la caridad, como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad sería ciega; la verdad sin caridad sería como “un címbalo que tintinea” (1 Cor 13, 1).
[...]“Os he constituido para que andéis y portéis fruto y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16). Aparece aquí el dinamismo de la existencia del cristiano, del apóstol: os he constituido para que andéis... Debemos ser animados por una santa inquietud: la inquietud de llevar a todos el don de la fe, de la amistad con Cristo. En verdad, el amor, la amistad de Dios nos ha sido dada para que llegue también a los otros. Hemos recibido la fe para donarla a los otros- somos sacerdotes para servir a los otros. Y debemos llevar un fruto que permanezca. Todos los hombres quieren dejar una huella que permanezca. ¿Pero qué cosa permanece? El dinero no. Tampoco los edificios permanecen; los libros menos. Después de un cierto tiempo, más o menos largo, todas estas cosas desaparecen. La única cosa, que permanece en la eternidad, es el alma humana, el hombre creado por Dios para la eternidad. El fruto que permanece es por eso cuanto hemos sembrado en las almas humanas- el amor, el conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor. Entonces vamos y recemos al Señor, para que nos ayude a llevar fruto, un fruto que permanece. Solo así la tierra es transformada de un valle de lágrimas al jardín de Dios."


0 Comentarios:
Publicar un comentario
<< Home